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A medida que avanza el año 2017, el enfrentamiento se intensifica una vez más. El enviado de Arabia Saudita a Irak es asesinado y la culpa inmediata es de Irán. Varios periodistas iraníes en Yemen son bombardeados “accidentalmente” por aviones saudíes y asesinados. La ayuda a las milicias en Siria aumenta intensamente. De vez en cuando se producen disparos entre buques en el mar, siempre disimulados con la excusa de que “las tripulaciones simplemente no fueron disciplinadas ese día”. El temor a un conflicto ha llevado a la coalición internacional contra el EI a mover sus aviones de combate mucho más al oeste, para que no los tomen por sorpresa.
La gota que colmó el vaso llegó a mediados de noviembre, cuando una fragata iraní se dirigió en línea recta hacia aguas saudíes, sin responder a las advertencias. Atacada y hundida con toda su tripulación, devolvió el fuego y mató a varios marineros saudíes antes de hundirse. Irán insiste hasta el día de hoy en que tenía problemas mecánicos y que fue masacrada para apaciguar a una población que todavía se lamentaba por el asesinato del embajador. Los saudíes afirman que la fragata y su tripulación se sacrificaron deliberadamente para asegurar un incidente al estilo de “Remember the Maine” y ganar apoyo popular para una guerra. La verdad puede que nunca se sepa.
Desde el momento del naufragio, en Riad y Teherán se trazan planes para una represalia directa contra la otra nación. La comunidad internacional, dividida e ineficaz, no puede hacer más que observar cómo está a punto de comenzar la mayor batalla convencional en Oriente Medio desde la invasión de Irak en 2003. La cuestión ya no es si habrá guerra o no. Ahora es cuándo comenzará y quién disparará el primer tiro.
Pronto se responderá esa pregunta. Ambos bandos se están preparando para atacar y ambos apuntan al corazón económico del otro: la costosa infraestructura petrolera. Y las armas en juego son más poderosas y precisas que las utilizadas en la Guerra de los Buques Tanque de los años 1980.
